Madrid literario: Arturo Barea (1)

Madrid tiene un amplio historial de presencia en grandes obras literarias y entre los más destacados autores que se han inspirado en la ciudad figura Arturo Barea, (Badajoz 1897- Faringdon, Inglaterra, 1957) que en el primer tomo de su trilogía, La forja de un rebelde evocó, magnificamente, desde la lejanía de su exilio, la ciudad de su infancia y a través de sus páginas nos la hace ver, oler y escuchar…

La obra: La forja de un rebelde

La obra se publicó en los años 1941-1943 y 1946 en Inglaterra (donde se había exiliado en 1939) traducida por su segunda esposa (con quien había contraído matrimonio en  1938) Ilsa Kulcsar (austriaca de origen judío),  con el título de The Forging of a Rebel. La primera edición en castellano fue en 1951, gracias a la prestigiosa Editorial Losada, fundada en Buenos Aires en 1938 por el español  Gonzalo Losada Benítez (1894-1981) pero en España no se conoció hasta 1978 y conmovió e impresionó por su impecable prosa y el realismo y la sinceridad con que nos enfrentaba a nuestra historia más reciente,

Madrid literario:Arturo Barea
En 2001 la publicó El Mundo, como una de las 100 mejores novelas en castellano del s. XX

En diciembre de 2010, es decir hace seis años, un artículo de prensa  titulado La forja de una memoria. Escritores e hispanistas restauran la lápida que guarda en Reino Unido el recuerdo del novelista Arturo Barea (El País domingo 5 de diciembre de 2010. Jesús Ruiz Mantilla) nos sorprendió al comprobar como, después de más de 50 años, seguía viva su memoria en Inglaterra, hasta el punto de que William Chislett (Oxford 1951) había estado buscando incansablemente la lápida conmemorativa que una amiga de los Barea, Oliver Renier, había dedicado a su recuerdo en 1972, (fecha del fallecimiento de Ilsa Kulcsar), y de la que se había perdido la pista,. Una vez encontrada, gracias a su tenacidad, se puso en contacto con notables escritores españoles e hispanistas ingleses para restaurarla y hacerla visible.

Pero el interés de Chislett no quedó ahí, él siguió insistiendo hasta culminar en todo lo que nos cuenta en un emotivo discurso que William Chislett pronunció en el Ateneo de Madrid, el 31 de mayo de este año 2016 y que recomiendo leer, pues nos aporta mucha información sobre la trayectoria y la admiración que nuestro personaje y su esposa suscitaron, y siguen suscitando, en su país de acogida que, diez años después de su llegada, les concedió su nacionalidad.

Primer tomo: La forja

 

Cuando en 1978 se conoció por fin esta trilogía en España, pudimos comprobar que en este primer tomo, tan autobiográfico de su infancia y primera juventud,  Madrid tiene una presencia más que notable, Los primeros párrafos por ejemplo están dedicados a describir como jugaba de chico con los otros hijos de las lavanderas, entre la ropa tendida en los lavaderos del rio Manzanares, junto al puente del Rey … y también de como ayudaban después a recoger y a colocar la ropa limpia en doscientos talegos para los soldados de la Escolta Real.

El puente del Rey se construyó a comienzos del siglo XIX, por el arquitecto Isidro González Velázquez, y unía el Palacio Real con la Casa de Campo  por lo que su uso era exclusivo de la realeza.

En este plano del Madrid-Rio se ve perfectamente el emplazamiento del Puente del Rey y muy cerca el de Segovia.

Cuenta Barea:

Todas las mañana pasan por el puente del Rey los soldados de la escolta, a caballo, rodeando un coche abierto, donde va el principe  y a veces la reina. Primero sale del túnel un caballerizo que avisa a los guardias del puente y éstos echan a la gente, Después pasa el coche con la escolta, cuando el puente ya está vacío

Plano del Parque de la Casa de Campo. En la zona blanca del extremo derecho junto a la línea azul del Manzanares se sitúa el Puente del Rey y la Puerta que da acceso a la Casa de Campo.
Madrid literario: Arturo Barea
Puerta del Rey desde el interior de la Casa de Campo, que enlaza con el Puente del Rey que conducía, a través de un túnel (mandado construir por José Bonaparte a Juan de VIllanueva) , hasta el Palacio.

El aspecto de estos lavaderos donde trabajaba la señora Leonor, la madre de Arturo Barea, sería muy similar al que vemos en esta famosa fotografía de los que estaban junto al cercano Puente de Segovia, construído por Juan de Herrera a finales del XVI..

En el capítulo tercero Barea cuenta sobre otra zona, cercana  pero muy diferente, donde pasaba gran parte de sus días en  la casa familiar de sus tíos José y Baldomera, en el entorno de la calle Arenal, y dice:

En la calle Arenal hay nuevos faroles de gas con mechero de camisa, y es como si toda la calle estuviera llena de luna. En nuestra calle, los antiguos faroles se ven en la acera blanca de luna como cerillas amarillentas; en la acera sin luna, como rincones temblorosos de luz

Pero sobre todo habla del Café Español, que estaba en la calle de Carlos III, donde iba con sus tíos y jugaba con su amigo Ángel  vendedor del periódico El Heraldo. A este café iban actores y literatos y burgueses amigos y conocidos de sus tíos. Barea menciona a algunos por su nombre, pero hace una mención especial de

Don Ricardo – el maestro Villa -, director de la Banda Municipal de Madrid, bajito y tripudo y siempre alegre; todos toman café con leche menos él, que bebe cerveza.

Es impagable la descripción que hace desde el capitulo III al VII de como iban en  verano a los pueblos donde vivían los familiares de los tios (Brunete), de su madre (Mëntrida) y de su fallecido padre, que murió cuando el tenía dos meses (Navalcarnero). Tomaban la diligencia en la Cava Baja, en una de las posadas centenarias que allí había y que se alternaban con almacenes y todo tipo de negocios. Cuando al final del verano regresa a la capital dice:

Madrid huele mejor. No huele a mulas, ni a sudor, ni a humos, ni a corrales sucios con el olor caliente del estiércol y de las gallinas. Madrid huele a sol por las mañanas (…)Cuando riegan la calle sube hasta el balcón el olor fresco de la tierra mojada, como cuando llueve. Cuando sopla el aire del norte, huelen los árboles de la Casa de Campo. Cuando no hay aire y el barrio está quieto, entonces huelen las maderas y los yesos de las casas viejas, las ropas limpias tendidas en los balcones, los tiestos de albahaca.

E increible es su amor por los libros, propiciado por su tio y por el ambiente librero que había en la zona por la que paseaba con él:

La plaza de Callao está llena de puestos de libros. Todos los años, cuando van a empezar las clases, hay ferias de libros y Madrid se llena de puestos (…) A mi tio y a mi nos gusta recorrer los puestos y buscar gangas. Cuando no hay ferias entramos en las librerias de la calle de Mesonero Romanos, de la Luna y de la Abada. La mayoria son barracones de madera en los solares

Y cuenta una historia digna de conocerse

Hay un escritor valenciano que se llama Blasco Ibáñez (…) Un día dijo que en España no se leía porque la gente no tenía bastante dinero para comprar libros. Debe de ser verdad, porque los libros del colegio cuestan muy caros. Entonces dijo “Yo voy a dar de leer a los españoles”. Y en la calle de Mesonero Romanos puso una tienda y empezó a hacer libros. Pero no los libros de él, porque dice que eso no le interesa a nadie, sino los libros mejores que se encuentran en el mundo. Y todos valen, nuevos, treinta y cinco céntimos. La gente los compra a millares y cuando los ha leído los vende a los puestos de libros viejos  y allí los compramos los chicos y los pobres.

Barrio del Avapiés

Madrid literario: Arturo Barea

Y así entre tanta noticia interesante llegamos a cuando empieza a hablar del Avapiés…Y esto es un punto y aparte en su vida según nos explica

Si resuena el Avapiés en mí, como fondo sobre todas las resonancias de mi vida, es por dos razones: Allí aprendí todo lo que sé, lo bueno y lo malo. A rezar a Dios y a maldecirle. A odiar y a querer. A ver la vida cruda y desnuda tal como es. Y a sentir el ansia infinita de subir y ayudar a subir a todos al escalón de más arriba. Ésta es una razón. La otra razón es que allí vivió mi madre. Pero esta razón es mía.

La dedicatoria del libro es: A dos mujeres: la señora Leonor (mi madre) e Ilsa (mi mujer)

Ayer justo hizo una semana tuve la gran oportunidad de poder participar en una actividad muy bien organizada desde La Liminal para caminar, evocando los recuerdos de Arturo Barea Ogazón contados por el mismo, en este barrio de Lavapiés.

Y terminamos en el lugar elegido para situar una placa con su nombre, un espacio que no ha tenido nunca nombre asignado, y al que dan las famosas corralas y los muros de las Escuelas Pías donde estudió hasta los 13 años.

 

Madrid literario: Arturo Barea
Este espacio, comprendido entre las famosas corralas de Mesón de Paredes y los muros de las Escuelas Pías, será conocido como la plaza de Arturo Barea-

El barrio de Lavapiés en la Literatura

El  barrio de Lavapiés tiene un antiguo y copioso protagonismo literario. Su nombre, decía poeticamente Nicolás Fernández de Moratín (Madrid 1737-Madrid 1780) cuando lo menciona en sus obras, procedía de donde lava/los pies el agua de árboles fecundos. Otras interpretaciones dicen que procede del termino hebreo ava pues que significa nuestro barrio ya que inicialmente al parecer fueron judíos sus habitantes.  Don Ramón de la Cruz (Madrid 1731-Madrid 1794) situó muchos de sus famosos sainetes aquí, en los más conocidos como “barrios bajos”, donde convivían zapateros, carniceros, traperos, tratantes de sebo y pieles, vendedoras ambulantes y lavanderas, muchos de ellos vecinos de las corralas, y así lo plasmó en Los bandos del Avapiés, la Petra y la Juana o  El fandango del candil. Su tragicomedia Manolo se desarrolla En Madrid y en medio de la calle Ancha de Lavapiés para que lo vea todo el mundo.

En 1872, es decir, veinticinco años antes que Arturo Barea, nació en San Sebastián Pío Baroja y Nessi, que con siete años llegó a Madrid con su familia y ya se quedó aquí hasta su muerte en 1956. Conoció muy bien Madrid, al que dedicó gran parte de su obra literaria y sobre todo le dedicó una trilogía llamada La lucha por la vida compuesta por tres novelas La busca (1904) Mala hierba (1904) y Aurora roja (1905) que transcurren en los “barrios bajos”  Porque para Pio Baroja una de las vistas predilectas de Madrid era la que se ofrece desde el Viaducto, fue asiduo visitante de El Rastro, desde su época de estudiante en el Instituto de San Isidro y todos estos itinerarios le conducian al que se conocía como el barrio de las Injurias o de Lavapiés, como el otro día nos recordaban las guias de nuestra visita.

Seguiremos recorriendo otrros lugares de Madrid de los que Barea nos habla en su obra y estaremos pendientes de cuando ya aparezca en los muros del lugar, tan bien elegido, la placa con su nombre.

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